SEATTLE Y LA LUCHA CONTRA LA GLOBALIZACIÓN TRANSNACIONAL

José Cademartori, Presidente del ICAL

Marzo, 2000..

La Conferencia de los Ministros de Comercio de 135 países iba a inaugurarse en la ciudad de Seattle desde el 30 de Noviembre hasta el 3 de Diciembre de 1999 para dar inicio a lo que sería la nueva Ronda del Milenio. Las Rondas tratan de complejas negociaciones comerciales multilaterales entre los estados miembros que formaban parte del Acuerdo General de Comercio y Tarifas. (Según su sigla en inglés, GATT) Fundado en 1948 para promover el comercio entre los países, el GATT comenzó a tener trascendencia política y económica De las nueve negociaciones realizadas hasta ahora, las más importantes fueron las llamadas Kennedy y Tokio que duraron varios años y resolvieron los países industrializados darían algunas facilidades aduaneras y tarifarias a las exportaciones de los países en desarrollo hacia esos mercados.

Sin embargo, la siguiente, la Ronda Uruguay (1986-1994) cambió completamente el sentido y orientación de estos acuerdos comerciales internacionales. Ella se realizó y culminó cuando tenía lugar la desaparición de los estados socialistas de Europa Oriental y el derrumbe de la Unión Soviética. Las grandes potencias aprovecharon estas circunstancias que debilitaron al movimiento de los No Alineados e impusieron los más lesivos acuerdos a los países en desarrollo. Desmoralizados y divididos ante la aparente derrota de la vía socialista que muchos de ellos buscaban, los gobiernos del tercer mundo cedieron a todas las exigencias presentadas en Uruguay bajo la doctrina del “libre comercio”. Las transnacionales dieron un paso decisivo para penetrar en todos los continentes, reconstruir un mercado mundial único y modelarlo de acuerdo a sus intereses. La Ronda Uruguay aprobó la transformación del GATT en una nueva y poderosa institución: la Organización Mundial de Comercio. La OMC, ratificada por Chile en 1994 junto con los acuerdos de la Ronda Uruguay, se convirtió en poco tiempo en otro instrumento, al igual que el FMI y el Banco Mundial, de gran provecho para las transnacionales para dirimir sus conflictos con los gobiernos que se resisten a ceñirse a sus normativas. Los países pobres son los más afectados por la aplicación de los acuerdos de la Ronda Uruguay y por las interpretaciones que les dan los burócratas de la OMC. Recién en el último tiempo algunos de estos gobiernos han comenzado a protestar por los resultados de los acuerdos de Uruguay y denuncian su incumplimiento por los países ricos. Por su parte, en las naciones desarrolladas ha surgido también una creciente oposición de parte de sindicatos obreros, agricultores, ecologistas, consumidores y otros movimientos sociales que han visto cómo la globalización está afectando a sus fuentes de trabajo, ingresos, consumos, independencia, al medio ambiente y a sus derechos sociales. En cuanto a las transnacionales, entusiasmadas por los resultados Uruguay propusieron una nueva Ronda a la que llamaron del Milenio. Su propósito es el de ampliar aún más “el libre comercio” y someter toda otra legislación interna o tratado internacional al servicio de sus negocios. Esto incluye subordinar constituciones y acuerdos sobre derechos humanos, laborales, pueblos indígenas y otros, al comercio libre, concepto que va tomando el carácter de un principio supremo, rector de la organización de la humanidad.

Clinton propuso la ciudad de Seattle, considerada como un símbolo de la modernidad, sede de los grandes complejos tecnológicos Boeing y Microsoft.  Las multinacionales se habían preparado durante años con sus equipos de abogados, relacionadores públicos y expertos negociadores. Los gobiernos de Estados Unidos y cada una de las grandes potencias querían convertir a Seattle en la gran plataforma para otro avance decisivo en el camino de la globalización. Desde un comienzo se manifestaron serias divergencias entre Estados Unidos, Unión Europea y Japón, cada uno con divergentes propuestas de agenda. Por otro lado, India, Malasia, Sudáfrica, los del grupo Andino, los del Grupo 77, los cuales, disconformes con los resultados de la Ronda Uruguay se resisten a contraer nuevos compromisos. Las insalvables divergencias presentadas en torno a la agenda, obligaron a la suspensión indefinida de la Conferencia. Esto no quiere decir que las transnacionales y sus gobiernos se quedarán cruzados de brazos. Intentan pasar de nuevo a la ofensiva, mientras estudian cómo superar la dispersión y volver a alinear a los díscolos, a la vez que estudian los nuevos desafíos presentados por las organizaciones no gubernamentales y el descontento de la opinión pública.

Lo importante es que los acuerdos comerciales, las inversiones, la propiedad intelectual, el movimiento de capitales y sus relaciones con el medio ambiente, las relaciones laborales, la calidad de vida se convirtieron por primera vez en tema de interés para cientos de organizaciones no gubernamentales de todo el mundo, una preocupación de masas, un asunto político. La globalización empezó a concentrar la atención de grupos desconectados entre sí y a generar acuerdos de acciones conjuntas de agrupaciones de diversos países que incluyen a trabajadores, intelectuales, estudiantes, pequeños empresarios, feministas, religiosos, ecologistas, etc. Esto se puede contrastar con lo que ocurrió el año 94 con la Ronda Uruguay, cuyos acuerdos no fueron debidamente sopesados por muchas organizaciones sociales democráticas. Ocurrió que un examen superficial pudo hacer creer que la OMC sería una institución democrática, donde sería suficiente garantía el principio de que los acuerdos se adoptan por mayoría, no hay veto de ningún país y cada país tiene un voto. En cambio el FMI y el Banco Mundial se rigen por el principio de que el que tiene mayor aporte de capital tiene más votos. Por eso, unas pocas grandes potencias tienen la mayoría de los votos y son ellas las que toman las decisiones, a través de sus representantes. Sin embargo, en la práctica, a través de su constitución interna, la OMC tiene serias limitaciones al ejercicio de la democracia. El Secretario General es virtualmente impuesto por las grandes potencias y luego los altos funcionarios son todos seleccionados por su fiel observancia al libre comercio y la globalización, con las transnacionales como protagonistas principales. Lo mismo sucede con los “expertos” que se contratan para formar parte de los llamados “paneles” que, como verdaderos tribunales tienen el poder de adoptar decisiones inapelables.

Ningún gobierno que cedió su soberanía y se sometió a la jurisdicción de la OMC a raíz de la denuncia de otro país (lo que las grandes potencias evitan, buscando arreglos por fuera) puede desconocer los veredictos que adoptan los paneles de expertos de la OMC, aunque estas decisiones traigan grandes perjuicios a los nacionales de un país. Un ejemplo concreto que afecta a Chile es el caso del whisky. Gran Bretaña reclamó a la OMC por que en Chile la estructura legal existente hace que las tarifas de aduana sean más altas para el whisky importado que para el pisco nacional. Era cosa normal en todo el mundo que las bebidas locales de cualquier índole tuvieran cierta ventaja, cierto trato más favorable que los productos foráneos. Pero, las interpretaciones que el Panel de expertos de la OMC le dan al Tratado de la Ronda Uruguay deciden que Gran Bretaña tiene la razón y que Chile debe cambiar obligatoriamente su legislación. Debe colocar a los dos productos con el mismo gravamen. De este modo la industria pisquera nacional va a sufrir un fuerte golpe. Tendrá que reestructurarse, ya no habrán cuatro o cinco grandes empresas pisqueras, tal vez va a quedar una sola. Ya se fusionaron las dos más grandes, Capel con Pisco Control. Quedarán muchos obreros en la calle, disminuirán ventas y producciones, serán perjudicados parceleros y campesinos, transportistas, comerciantes, las economías locales y municipalidades de la Tercera y Cuarta Región.

Hay que recordar que el Tratado de la OMC fue apoyado sin reservas por el gobierno de Aylwin, a iniciativa del entonces Ministro de Hacienda, Alejandro Foxley, quien, según revelaciones posteriores del ex Ministro de Planificación, Roberto Pizarro, se dejó presionar por la Ministro de Comercio de Estados Unidos de la época. (1) En ese tiempo el tema pasó desapercibido para la opinión pública nacional. En el Congreso Nacional, el Tratado fue aprobado sin reservas, no hubo voces disidentes, menos un análisis pormenorizado de sus proyecciones. El texto de más de 500 artículos era mucho trabajo para nuestros parlamentarios y sus asesores. Les bastó la palabra de los Ministros, de los técnicos y de las cúpulas empresariales representativas de las transnacionales. Los dirigentes sindicales, salvo escasas excepciones, y la CUT de entonces, o no le asignaron importancia al tema y no se pronunciaron, o lo aceptaron pasivamente. Tampoco los medianos y pequeños empresarios tenían mucha idea de lo que se estaba fraguando. Nosotros, desde el ICAL fuimos de los pocos que estuvimos preocupados y alertamos de lo que se trataba. Hicimos un Seminario Internacional relacionado con el NAFTA publicamos un libro y disponemos de estudios sobre la materia. (2) Recién ahora diversos sectores empresariales empiezan a quejarse de las consecuencias de este Tratado. No sólo es el caso de los pisqueros, también están en situación difícil, los productores de leche,  los cultivadores de remolacha, los trigueros, etc. A los pequeños y medianos exportadores ya se les quitó un beneficio, la devolución del IVA. También resultan perjudicados los trabajadores y campesinos vinculados a estos rubros. Y esto es sólo el comienzo.

La globalización no es una fatalidad, tampoco es sólo un problema de los países pobres. En los últimos años, una serie de organizaciones no gubernamentales, fundaciones, organismos académicos independientes, en Europa, Norteamérica y Asia han llamado a organizar la resistencia a escala internacional. En este sentido Seattle marca un vuelco. Miles de policías utilizando nuevos gases lacrimógenos y paralizantes, golpes y otros medios represivos y los más de 600 detenidos, no fueron obstáculo para los más de 30.000 manifestantes opositores que bloquearon las calles e impidieron que se realizaran tanto la inauguración con Clinton a la cabeza, como la clausura oficial de la Conferencia. Las contra-manifestaciones fueron planificadas con mucha anticipación. Internet y el correo electrónico fueron un eficaz medio para la difusión de los preparativos, la coordinación, las normas de organización, los mitines programados, los sitios donde se realizarían, métodos para enfrentar la policía, etc.

La presencia y papel relevante en Seattle de los trabajadores del acero, los mecánicos de la Boeing, de los textileros del Sindicato UNITE, de los conductores de camiones e incluso de los máximos líderes de la AFL-CIO, es un reflejo de que importantes sectores de la clase obrera norteamericana no sólo comprenden que la globalización también los perjudica a ellos, sino que es necesario luchar contra ella. Por su capacidad de organización, por los recursos que cuentan, por su envergadura de masas, los sindicatos norteamericanos, canadienses y de otros países ricos pueden llegar a ser aliados fundamentales para los trabajadores de los países pobres en la lucha por sus derechos a sindicalizarse, negociar colectivamente y mejorar sus condiciones de vida. Pero además Seattle revela que otros sectores organizados de las naciones industrializadas, como las feministas, los consumidores, ecologistas, los defensores de los derechos indígenas, de los derechos humanos, las iglesias cristianas, con sus acciones frente a los cuarteles generales de los monopolios, al interior de las asambleas de accionistas, o de boicot a las ventas de los productos de marcas famosas en los supermercados y grandes tiendas de las ciudades más opulentas del orbe, pueden constituir también importantes aliados de los trabajadores en el Sur, en su lucha contra la super explotación de que son víctimas. (3)

Seattle instala de nuevo el problema de la lucha mundial del proletariado frente a su enemigo consustancial, hoy constituido como capital transnacional. La gran contienda de clases en el siglo pasado adoptó la peligrosa e irresoluble forma de un conflicto entre las dos grandes superpotencias que promovía la división de la humanidad en dos bloques mundiales irreconciliables. En el siglo XXI la contradicción histórica, inherente al capitalismo entre las clases fundamentales comienza a asumir formas más claras y directas, desde el momento en que las organizaciones sociales de masas se unen por encima de las fronteras nacionales, o de las barreras étnicas, de género o religiosas o profesionales. Tampoco la antigua oposición entre Norte y Sur, entre países industrializados y subdesarrollados parece hoy muy prometedora. Ni las economías post industriales son ya sociedades homogéneas, a medida que las mayores desigualdades entre ricos y pobres las están dividiendo, ni tampoco las naciones en desarrollo tienen los mismos o niveles económicos similares, a medida que un pequeño grupo se adelanta y otros se van quedando rezagados; o mientras al interior de sus economías, riqueza y pobreza se van polarizando. Todo esto es consecuencia de la actual fase transnacional del capitalismo mundial y de la imposición de las políticas neoliberales.

En Seattle y en todos los foros económicos vemos a una gran cantidad de gobiernos de América Latina, Africa y Asia que se alinean al lado de las grandes potencias y de sus transnacionales. Concretamente el gobierno chileno forma parte de un grupo junto con Argentina y Uruguay, Estados Unidos Canadá y Australia  y otros que se llama el Grupo Cairns. Este grupo defiende la liberalización mas absoluta del comercio mundial de productos agrícolas y se opone a las regulaciones sobre los productos transgénicos. Sin embargo, mientras el Canciller Juan Gabriel Valdés y la cúpula empresarial defendían esta posición en Seattle, los candidatos presidenciales Lavín y Lagos, ambos partidarios de esa misma línea, les aseguraban a los agricultores del sur que ellos serían protegidos de la competencia arrasante de las multinacionales. Hay que insistir en que por muchas que sean las diferencias que separan a los trabajadores de estos agricultores, no sólo por las formas rudas de explotación a que los someten, es indudable que tanto a los asalariados como a los empresarios medianos y pequeños, afectados todos por esta globalización les conviene unir sus fuerzas para oponérsele y trabajar por otro modelo alternativo.

Las crisis que desata la globalización rompe el frente unido de los neoliberales. Un cierto número de economistas de fama mundial, como Stiglitz, Klugman, o Sachs lanzan duros ataques al FMI por sus recetas dogmáticas o culpan al libre movimiento de capitales de la especulación financiera y sus efectos desastrosos sobre las economías de los países. Hasta Kissinger, consejero y promotor del capital internacional y George Soros, el especulador financiero más exitoso del mundo, advierten la resistencia popular y la inestabilidad política que traen aparejados la competencia despiadada y los movimientos financieros desatados. Altos funcionarios y consultores de agencias internacionales como el PNUD, la UNCTAD, la Secretaría de Asuntos Económicos y Sociales de las NN.UU, o importantes ONG como Oxfam, (Gran Bretaña), Halifax (Canadá), Cisde (Coalición de agencias católicas europeas por el desarrollo) están reclamando una nueva arquitectura económica mundial o importantes reformas progresistas para afrontar los problemas globales En definitiva, la ausencia de regulación de los anárquicos procesos económicos y el debilitamiento de los estados y gobiernos permiten la proliferación de los conflictos sociales que crean otras tantas posibilidades para la clase obrera y los movimiento contestatarios, de incrementar sus fuerzas con nuevos aliados, para someter a la transnacionalización y transformar la globalización en un proceso favorable a las naciones y a sus mayorías internas. Se trata además, de dar pasos adelante, aunque sean tentativos, construir nuevos caminos y no quedarse a la espera pasiva de una catástrofe que ilusoriamente depositaría todo el poder y la confianza de la humanidad en quienes pretendan vanamente poseer todas las soluciones listas para aplicarlas.

La crisis asiática trajo como consecuencia cambios políticos en esa región. Cayó Suharto que después de asesinar a 200.000 indonesios llevaba casi 40  años al frente de una dictadura militar corrupta que había entregado al país a la voracidad de las multinacionales. Su derrocamiento fue producto de la heroica lucha de masas, encabezada por los estudiantes, intelectuales y trabajadores, los que continúan ahora bregando por la completa democratización de Indonesia y el juicio a los responsables. Este gran campanazo ocurrido en uno de los países más poblados del mundo llevó a otros gobiernos a efectuar reformas a la política económica o a hacer concesiones a los trabajadores. Uno de ellos es  Malasia, un país de treinta millones de habitantes que ha tenido visibles avances en su industrialización, siguiendo los pasos de Corea del Sur y Taiwan. Para contrarrestar la crisis financiera, Malasia adoptó medidas de control contra el movimiento de capitales especulativos sin temor a las críticas que le llovieron desde los púlpitos neoliberales.

En América Latina, inestabilidad, sublevaciones y rebeliones, caída de gobernantes, cambios abruptos, búsqueda de nuevos caminos, son las consecuencias de la aplicación inmisericorde de los ajustes neoliberales. En Venezuela se vino abajo el sistema bipartidista con el que se turnaban en el poder, Acción Democrática y Copei. Tanto Carlos Andrés Pérez como Caldera, los líderes históricos de estos partidos que habían realizado en el pasado reformas progresistas, se rindieron al capital internacional y a las exigencias del FMI. Pero la mayoría de los venezolanos no aceptó más sacrificios, se rebeló una y otra vez y finalmente encontró una salida política en el movimiento encabezado por el coronel Chávez. Las posiciones que ha adoptado, de soberanía, independencia, de cambios políticos democráticos en consultas populares, ha despertado grandes esperanzas en la mayoría nacional, pero, a la vez, la furiosa reacción de los intereses creados. En Uruguay, el repudio al proyecto neoliberal llevó a la mitad de la ciudadanía a darle apoyo al programa presidencial alternativo representado por el Frente Amplio y sus aliados. En Ecuador, la bancarrota económica y el rechazo a los experimentos neoliberales ha conducido a una crisis política profunda, con un nuevo e inédito actor protagónico, el movimiento indígena, con el que simpatiza un sector de militares progresistas. Síntomas de agitación, de   cambios políticos, impulsados por organizaciones de masas, en luchas armadas o pacíficas, se revelan también en Colombia, El Salvador, Guatemala, Brasil y otros países del continente.

El panorama que se despliega en el continente, demuestra que en nuestro país estamos retrasados, desde el punto de vista de la organización del movimiento de resistencia al neoliberalismo. Entre otras causas, hay un problema de conciencia y asimilación de lo que está pasando en el mundo y en nuestro propio continente. Por ejemplo, lo que sucedió en Seattle. Ni los diarios ni la Tele informaron de la importancia del acontecimiento. Sabemos porqué. Entonces es necesario analizar estos fenómenos y seguirles la pista.(4) En el mundo globalizado, con el tremendo poder del capital internacional, hoy es cada vez mas difícil, no diré imposible, que un pueblo se libere aislado, si no participa, no se integra en movimientos internacionales, en campañas mundiales, si no practica la solidaridad, si no busca alianzas con otros pueblos o con movimientos sociales afines. Por su parte la burguesía se está haciendo cada vez más transnacional, cosmopolita. Eso lo demuestra el vertiginoso proceso de compras y ventas, fusiones, acuerdos, alianzas, coordinación empresarial entre compañías de diferentes países que hasta ayer eran rivales. Así está operando un nuevo reparto del mundo. En cambio, los trabajadores, con sus organizaciones sindicales y políticas, están actuando con mucho atraso. No se asume en la práctica que la clase obrera por su propia naturaleza debe ser internacionalista o no cumplirá su destino histórico, tal como lo entendía Recabarren. Más ahora, a medida que avanza la globalización. En fábricas y oficinas del Primer Mundo se está produciendo una rápida integración de trabajadores de diverso origen étnico o nacional. Mientras esto sucede en el sitio de trabajo, continúa la segregación en el barrio, en la vida social y política. A la burguesía le conviene la separación, incluso sus políticos extremistas prosperan fomentando el odio racial. También la integración se da en muchos países del Tercer Mundo con los consiguientes problemas de racismo. En Chile ya hay miles de trabajadores peruanos y se están presentando situaciones negativas, derivadas del desnivel en las conciencias. La clase obrera se internacionaliza objetivamente, pero aún no subjetivamente.

En Seattle estuvieron presentes varios chilenos invitados por organizaciones internacionales. Entre ellos el economista Claudio Lara, por las organizaciones de consumidores, quien nos ha entregado un valioso informe sobre la Conferencia. También estuvo Coral Pey, de la Alianza por un Comercio Justo quien dio sus impresiones en otra reunión. Moisés Labraña, de la Federación Minera escribió en EL SIGLO en páginas centrales un relato de lo que vió. Creo que faltó una coordinación de los que asistieron para que juntos hubieran hablado allá y acá, como chilenos y representantes de organizaciones democráticas. Sobre todo acá donde hace falta que se conozca más la lucha de los trabajadores y grupos progresistas en el resto del mundo. Pues, los temas de la globalización son de extraordinaria importancia para la vida diaria de todos nosotros. En América latina está el Mercosur y es probable que Chile pase a ser pronto miembro pleno. Nosotros hemos planteado que, con todos sus defectos y con todas sus limitaciones, el Mercosur es un espacio que hay  que utilizar y trabajar en conjunto con los compañeros argentinos, uruguayos, brasileños y paraguayos, en todos los ámbitos, no sólo el sindical. Todo esto es una preparación indispensable para los días que vendrán en que se tendrán que llevar a cabo acciones masivas, regionales o continentales de lucha conjunta. Tampoco es tan utópico que en futuro no lejano se coordinen luchas internacionales simultáneas, en relación con temas comunes como los derechos humanos, la defensa del medio ambiente, la Deuda Externa o la implantación del Impuesto Tobin contra la especulación financiera. A este respecto es bueno saber que ya se ha formado un movimiento internacional denominado ATTAC para promover este primer impuesto internacional y hay muchos sectores que lo están apoyando en diversos países.

NOTAS

  1. Roberto Pizarro. Camisa de Fuerza. EL MERCURIO, 20 de Julio, 1999, pag A-2
  2. José Cademartori. El Tratado de Marrakesh, ganadores y perdedores. Documentos ICAL, Marzo 1995.
  3. (3) Jorge Castañeda. Globalización. EL PAIS, 1 de Marzo,2000.
  4. Entre las numerosas fuentes de información cabe destacar Le Monde Diplomatique; (y sus versiones en español, editadas en España, México y Argentina) los informes anuales y sus resúmenes del PNUD y UNCTAD; los estudios y declaraciones de OXFAM, PUBLIC CITIZEN, del Observatorio de la Mundialización, ATTAC, los documentos compilados por la Alianza Continental por un Comercio Justo y su sede en Chile.

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